Poesía sin Respeto

Poemas a partes del cuerpo

Poemas que hablan del cuerpo que habitamos: de la lengua, los pies, el dedito gordo, la cabeza, el corazón que va latiendo, entre otros.

Espejos

No paso de este cuerpo,
aunque huyan en bandada
los sueños,
las miradas,
las horas de dormir.

No paso de este cuerpo,
de sus curvas imperfectas,
de sus sombras sin arraigo,
de sus ganas de volar.

No paso de este cuerpo,
que no es piedra ni sirena,
que no ha vuelto a anclar en tierra.
No me hago cielo-mar.

MI FRONTERA 

Cuando mis pensamientos vuelan no pasan la frontera,

tal vez como palabras habladas por los labios 

o escritas con mis manos

La frontera protege mi santuario lleno de maravillas,

impide que se rieguen dispersas u olvidadas. 

No es capaz de cuidarme de virus ni bacterias, 

yo tampoco la cuido de dolores ni daños

Dentro de mi frontera ocurre todo lo mío,

lo que pienso, aprendo, siento y amo,

lo que me mantiene erguido, irrigado, vigilante. 

Me gustan las fronteras de todos los colores y texturas,

mucho más cuando están ocultas a intrusos.

Algo menos cuando se tornan vigilantes. Se yerguen 

y se abaten para abrir las portadas del reino.  

Cuando llegues a mi piel, a mi frontera,

depondré las defensas, bajaré el puente del castillo

y haremos una alianza de naciones. 

Lienzo

Desde niña pintaba en él, esbozaba emociones 

que mi mente y corazón no siempre dejaban ir.

Me enviaba mensajes en código que a veces 

no era capaz de descifrar. 

Establecí un sistema de comunicación 

para no olvidar, 

para darme voz, 

poder y conciencia 

de lo que era capaz de lograr.

Ese lienzo fino, bonito, fuerte, 

indomable, inteligente y puro, 

cada vez con más ímpetu,

más allá de lo físico, 

era yo, 

tratando de atravesar 

aquella piel que se había convertido en papel.

Hoy estoy reaprendiendo 

a traducir las palabras que dejaba sueltas,

a escribir con mi mágica voz.

Gratitud es lo que quiero devolverle a mi lienzo.

Descalzos

Ustedes y yo sabemos
lo que hemos andado
en casa y lejos de ella.
Kilómetros de historias
nuestras, secretas.
Han aprendido
a alinearse con mis piernas,
a sostenerme solo con dedos
para que mi cuerpo crezca
y mi cabeza respire
diez centímetros arriba
donde el aire pareciera
estar lleno de esperanza
y de una vida nueva.
Las puntas de ballet
los moldearon
con dolor y con fuerza
los hicieron torcidos,
pero míos.
En zapatillas
nos torturamos y bailamos
sedujimos y gozamos
Pero descalzos,
¡Ay, descalzos!
nos tatuamos,
nos picaron,
nos quemamos
nos congelamos,
nos caímos y
nos levantamos.
Y descalzos nos amaron
y los besaron.

Sí,
nadie besa
pies con medias
y menos con zapatos.

Memorias imperfectas

“No hay nada más dañino que herida que no sana ni mejor recuerdo que cicatriz que ya no daña.” -GMG (2021)

En mi cuerpo yacen marcas de guerra, cada una con una historia por detrás.
Son imperfecciones que adornan mi cuerpo, son memorias que valen la pena llevar.

La más grande se encuentra en mi barriga, 25 por 25 es su longitud.
La más chica está al lado derecho de mi ombligo, traza poco camino,
unos 3 centímetros.

Marcas de guerra son las que tengo por toda mi piel,
el inicio de una guerra y también el fin de la batalla,

el dolor inigualable es el que no se acaba.

Marcas de guerra son las que me han definido a través de los años,
las que no muestro por miedo a que el dolor se escape a otro lado.

Estas son, las marcas de guerra. Un tipo de belleza que no pude comprender,
hasta que estas me marcaron y no se pudieron lavar de mi piel.

Un pensamiento pequeñito

Al principio era un pensamiento pequeñito,
no duraba más de tres segundos,
era furtivo,
casi automático.
—Ojalá me muriera—.
Normal, todos lo hemos deseado alguna vez.
Luego llegaron en ráfaga
sucesos difíciles que no deberían derrumbar.
O eso creía yo.
—Eso hace parte de la vida—.
Y me daba dos golpecitos en la espalda.
Una ruptura, un bloqueo académico,
una frustración laboral, una enfermedad.
Aceleré a tope,
así escapaba de la tormenta que sentía por dentro.
Me embriagué en tantos bares,
me desperté con tantos guayabos,
busqué tantas compañías,
que al final la carrera se hizo insostenible.
Quemé todos los cartuchos en un ataque de euforia.
Pero todo lo que sube tiene que bajar,
¡y vaya que bajé!
La caída fue estrepitosa,
dolorosa.
Dejaron de importarme los estudios.
¿No leí para la clase de hoy?
¡Qué importa!
Seguramente ni termino esta maestría.
No quería salir a ningún lado.
La cama se volvió mi caballo de batalla
para un mundo al que no le importaba ni me importaba.
Ese pensamiento pequeñito de muerte empezó a crecer,
lo alimenté con lo que hiciera falta:
—¿Para qué vivir si no encuentro sentido?—.
—Si me muero le dolerá a un par de personas,
lo superarán, la vida sigue—.
Investigué los mejores métodos para acabar con mi existencia.
Desde los menos dolorosos
hasta los más silenciosos.
Lo que era un pensamiento esporádico
se volvió una obsesión.
—¿Debería hacer una carta explicando mis motivos?—.
La redacté.
Cada paso del plan iba quedando consignado en mi cabeza.
El día, la hora, el método.
La gente cree que el suicidio es un acto repentino.
Ojalá, así la tortura no duraría meses,
como me ocurrió a mí.
Muchas veces es planeado fríamente,
se calculan los detalles más mínimos,
así no ocurren errores.
Borrar rastros.
Sonreír.
Fingir que todo está bien.
Es fácil.

Llegó el momento y la hora.
Algo jugó en mi contra.
Tuve un ataque de pánico.
Las lágrimas y los gritos me delataron.
Mamá me encontró.
Papá y ella me llevaron al hospital.
Tal vez había aún algo me ataba a esa vida que tanto despreciaba.
Y ese fue solo el comienzo.
—Fueron ganas de llamar la atención—,
sentenció alguien que se enteró.
—Si te medican vas a volverte idiota—,
dijo alguien más.
—Eso es la tusa—,
manifestó una persona
que no me había visto en meses.
No pedí esas opiniones,
y a pesar de ello llegaron.
Seis meses de mi vida que apenas recuerdo.
Los medicamentos eran lo único que me calmaba.
Piloto automático la mayoría del tiempo.
Cuatro o cinco ataques de ansiedad a la semana.
Pintar mandalas.
Ver series.
Llorar en la cama.
No llorar, no sentir.
No sentirme yo misma.
Creer que otra Laura vivía mi vida.
Pesadillas.
Insomnio.
Quedarme hasta las cinco de la mañana
recordando cada mala decisión que he tomado en vida.
Pastillas para dormir.
Ver a mamá y papá derrumbarse.
Recibir la llamada de Alejandro.
Sentir el abrazo de David.
Visitas de los amigos.
Salidas con la familia.
Conocer una vulnerabilidad que quiebra.
Inútil, a eso me reduje.
Bañarse era una batalla.
Y mejor ni cuento cómo se sentían las salidas.
—Vas a salir de esto—,
dijo una amiga que había vivido algo parecido.
A mí ni me importaba si salía,
la vida misma me resbalaba.
Mejor si una moto me mataba.
La ironía es que ella tenía razón.
Mientras la pandemia consumía a muchos,
a mí me sirvió para desaparecer y sanar.
Al séptimo mes el blanco y el negro
se volvieron grises.
Al año eran colores.
Año y medio después sigo medicada,
voy a terapia,
a veces vienen los ataques de ansiedad,
hay días donde tengo bajones.
Me da pánico vivir así para siempre.
Cuando me entran los dolores me digo:
—Un día a la vez—.

Traviesa

Mi sangre, mi preciosa sangre,
escarlata, profunda, mi sangre hermosa,
turista por mis venas.

Mi sangre aparece cada mes,
me dice que estoy viva y puedo dar vida.

Mi sangre es la dama
del ajedrez de mi ser,
que se mueve por doquier.

Mi sangre, cuando pierde su rumbo,
es escandalosa y asusta,
no distingue raza ni especie.

Mi sangre, mi bendita sangre
mi curiosa y traviesa sangre,
aquella que me da vida
y también puede matarme.

Piel

Le hice una promesa a mi piel y a lo que habita debajo.

Le prometí pudor, pero no vergüenza
Le prometí entenderla cuando arde o cuando la soledad la habita
Le prometí vuelos, furia y aventura
Le prometí ser la envoltura perfecta de un corazón
Le prometí noches profundas de luna llena y otras incompletas de tanto amor
Le prometí ser el inicio y el final de mis orgasmos.

No haré maromas para que la quieran,
quien la ame, amará sus esquinas, su centro, sus medios, sus bajos.
Quien la ame amará su corazón con heridas,
las cuidará hasta que sean cicatriz

Le prometí a mi piel ser entera y ser pedazos, pero ser
Le prometí ser franca aún cuando parezca mentira
Le prometí resaca y locura
Le prometí caricias mías y de otros
Le prometí ser todas las mujeres que habitan dentro de ella
y también ser ninguna.

Habitable e inhabitable piel,
prometí darte vida,
y eso haré hasta el fin de mis días.

Manos frías, palabras congeladas

Hace días ando con las manos frías,
sin importar si están enguantadas
o enterradas en los bolsillos de la chaqueta

Tengo el esmalte descolorido y escarchado,
las uñas me brillan como el suelo de la primera nevada,
las venas, azules y oscuras son ríos congelados
y las palmas blancas al apretar el lápiz

Hay días que las veo más arrugadas,
cual grietas en un glaciar,
y si agarro el café, así esté hirviendo,
queda tibio cuando lo suelto

Hace días ando con las manos frías,
mi mamá, en las tardes de calor, me pide que se las ponga en la frente.
Y yo me las llevo a los labios para congelar las palabras que digo,
dejando que bailen en el aire como los copos en las ventiscas

Antes tenía las manos tibias,
cuando intentaba hacerme sombra con ellas
el sudor de mis dedos se mezclaba con las gotas de mi frente.
Y en las tardes de calor inclemente,
me la pasaba abanicando aire caliente a la cara.

El calor hacía a mis dedos torpes e incómodos,
derritiendo todo lo que tocaban,
dejando rastros pasajeros de lo pensado, de lo sentido,
de lo vivido.

Me gustan mis manos frías,
pienso con más calma,
siento sin afán,
no odio
no resiento,
Amo como el frío.

Frío para congelar el recuerdo, observar, entenderlo
y mantenerlo por más tiempo en la nevera