Mi cuerpo no es mío.
Cuando tenía 14 años,
mi cuerpo fue del novio perfecto de mi amiga Paula,
quien entró a su habitación un día,
le tapó la boca y la hizo sangrar,
no rosas, sino rojo escarlata,
como la reputación que la acompañó desde ese día.
Fue recibido con una ronda de aplausos de sus compañeros universitarios,
era el primero en quitarle la virginidad a alguien.
Quitar:
“tomar o coger algo ajeno,
despojar”.
Mi cuerpo no es mío.
Perdí los papeles que me daban la propiedad sobre él desde antes de nacer.
No es mío, pero puede ser de quien se le dé la gana de reclamarlo:
mi novio, mi papá, mi jefe.
Mi cuerpo no es mío.
Es del mejor amigo de Sofía,
que en una fiesta inundada de alcohol
reclamó su cuerpo inconsciente
y la hizo despertar en lágrimas.
Mi cuerpo no es mío.
Es de las malas decisiones que tomé,
de los hombres que dejé entrar
y de la autoestima que dejé salir.
Mi cuerpo no es mío.
No puedo reclamarlo en ninguna caja de objetos perdidos,
no sé, no está,
porque un día mi ortopedista
tocó partes de mi alma
que no son su especialidad médica.
No es mío, porque si pude detenerlo y no lo hice,
significa que quería.
No es mío, ni de él,
porque solo lo tocó, solo lo vio.
Bienvenidos a la cultura del “notangravismo”.
“No es tan grave porque solo palpó”.
“No es tan grave porque ella no denunció”.
“No es tan grave porque es su pareja”.
No es tan grave
que mi cuerpo no sea mío
porque es un trofeo,
deséenlo.
Es un botín de guerra,
disfrútenlo.
Es comerciable
¡Que viva el libre mercado!
Mi cuerpo no es mío,
porque con cada historia que escucho se despedaza,
intento desesperada agarrar cada parte que se desprende.
Quiero llevarlo a la notaría y que un hombre me diga por fin:
“Declaro este cuerpo como suyo”.
Pero no logro aferrarme a nada,
porque mi cuerpo no es mío.
No es mío, nunca será mío.
Pero tampoco está a disposición de mi profesor,
del extraño del parque,
del taxista, ni siquiera de Dios.
Mi cuerpo no es mío,
es de las mujeres que no han podido recuperar el de ellas.