Tan ancianas como sus dueños,
su memoria se diluye.
Albergaron juegos y noches de pizza.
Recibieron en la sala al novio de la nena
y se llenaron de música para celebrar el grado del nene.
Los vieron irse.
Se consolaron con la compañía de los viejos.
Años después, ellos también se han ido.
Van cayendo una a una.
En el vacío que dejan
se levantan edificios altos
llenos de ventanitas
que pretenden que
a veinte metros cuadrados
se les llame “hogar”.