Él, como siempre,
pegadito a mí.
Si resbalaba con mi sombra,
si la soledad me mordía las orejas,
allí estaba él.
Solo tenía que estirar la mano,
tocarlo, asirlo,
ponerlo frente a mí
para ver en su interior,
como tantas veces lo había hecho,
y fundirme en sus palabras.
Sin lugar a dudas,
la primera vez que sentí
eso que llaman “amor”
fue por él.
A veces,
cuando mis rodillas tiemblan
bajo el peso de la adultez,
me mira desde la biblioteca,
lo tomo
y me sumerjo una vez más.