Poesía sin Respeto

Poemas a la infancia

A manera de juego

Me dijeron que me habían encontrado en un arroyo,
mi madre es blanca y yo de tez morena.
No hay fotos mías recién nacida,
ni tampoco una manilla de hospital de recuerdo.

Dicen que nací en casa de mi abuela con comadrona y a la antigua.
Que escandalicé a todo el pueblo el 3 de marzo a medianoche,
tenía hambre, no había calostro en mi madre,
solo agua de manzanilla.

A manera de juego,
me dijeron que cuando nací las estrellas brillaban más
y que para mí había una guardadita.

Nací con mi cara redondita,
mi piel canela, sin cabello, rellenita,
en medio de un aguacero por allá en un pueblo,
frente a un arroyo.

Eso me dijeron.

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Estaciones

Vengo del invierno,
día catorce
luna nueva
dulce diciembre
en una noche serena.
Mi madre,
cansada de llorar, gritaba,
cansada de luchar, luchaba,
paría una niña, una montaña
fría, silenciosa y blanca.

Vengo de la primavera,
sostenida de manos fuertes
en flores femeninas,
del resplandor de los suspiros eternos
y la magia del deshielo en poesía.
Mis familias
unían sus voces,
encontraban sus miradas,
soles encubiertos
que otrora no brillaban.

Vengo del verano,
del extenso día
de mucho trabajo,
del color de los ochentas,
y el calor del café perlado.
Mi abuela,
su espera
y sus cálidos abrazos,
como luz incandescente
de mi alma, el amor y el faro.

Vengo del otoño,
de la brisa bogotana
y la neblina pamplonesa,
del olor a tierra húmeda
y de acema santandereana.
Las letras,
cual refugio de silencios largos
y ausencias estrelladas
que entre fábulas y cuentos
fueron origen y fin de las duras temporadas.

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Rueda de sueños

Imagina que tenía como cuatro, no años, sino animalillos de esos que se escurren entre la cabeza de los sueños de niños que juegan con ruedas hechas de olvido y que corren por la carretera sin rumbo alguno.

Nadie negaba el derecho a soñar, a correr tras la rueda que se estrella contra piedras que desvían el rumbo de los pensares, haciéndolos duros, tristes, indescifrables.

Así es como los sueños de niño van dando vueltas, a veces se pierden como la rueda, como los recuerdos. Ya he olvidado a qué olían los gladiolos de la huerta y los perros mojados del vecino.

Nunca tuve un gato con nombre que arañara los harapos que cubrían las rodillas curtidas por el polvo que levantaba la rueda que recorrió el camino que me trajo hasta ti. Eres parte de los pies desnudos que pisaron las piedras hirvientes y de la pared por donde huía del colegio.

No importa la sed de las tardes de verano, ni las cometas que nunca se elevaron, solo importa el pedazo de palo que impulsaba la rueda de mi vida, porque dejó huella en la punta de mis dedos diáfanos.

Algún día era lunes, tal vez viernes, la rueda rodó, se perdió en un rastrojo olvidado, la busqué, me espiné, rosas blancas, gladiolos rojos, olores que se olvidaron y presintieron el instante justo para estar aquí.

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Rabias infantiles

Mi abuela tiene surcos en la cara.
Es morena y quemada por el sol;
huele a salsas y a líquido desinfectante,
su mandíbula es prominente como la de una bruja.
Me adora con un amor enfermizo,
me alza en todos los altares de sus dones.

Los surcos de mi abuela cruzan también sus entrañas:
las golpizas de terror a su madre de ojos grises,
las tierras fértiles perdidas que el padre se bebió,
los hombres que la abandonaron (o que ella abandonó),
los tres hijos que levantó a lomo limpio,
la casa que no pudo comprar,
el robo de los ahorros que prometían,
la libreta militar que le pagó al coronel que,
luego del pago,
se perdió.

Los cantos de mi abuela en el patio,
mientras extiende la ropa,
huelen a jabón y a helechos húmedos.
Son cantos campesinos, que hablan de conejos y mazamorras,
de almas en pena y maíz tostado.
Los cuentos que me cuenta, de hombres depravados,
de mujeres buenas y bonitas,
a quienes los hombres solo hacen el mal:
los hombres buenos son criaturas mitológicas.

Yo soy bajita y siempre estoy seria,
soy caprichosa
y no quiero estar triste como mi abuela.
No quiero que nadie me estorbe.
Prefiero estar furiosa
y ganar siempre.
Quiero sentirme alta e independiente.
No lo sé, no tengo ni 4 años.
Quiero ponerme zapatos rotos si se me viene en gana,
no estos zapatos ortopédicos
que son de niño viejo.
Quiero comer cosas ricas,
quiero zambullirme entre los morros de arena de nuestra calle,
quiero una hermana con quien jugar,
quiero ser una bailarina que parezca un cisne,
quiero ser astronauta para flotar entre estrellas.
Me visto con tutú y pava blanca
para salir a la calle a coger arena húmeda con la pala roja.

Echaré esa arena entre un balde amarillo.
Haré un castillo frágil.
Como la rabia que siento.

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Arcadia

El lugar que tú conoces y tanto amas no siempre fue así. Era incluso más encantador.
O quizás sea el velo que le ponemos a los lugares de la infancia, donde fuimos más felices.

En ese entonces había una abuela que ya no está, que caminaba por los corredores despacio para no ser arrollada por alguno de nosotros en patines. Una abuela que olía a buñuelos recién hechos, a pepitas del Rosario y a Menticol. Que tenía espacio en sus brazos para todos, aunque fuera pequeñita. Que nos atravesaba con ojos color aceituna.

Antes hubo un abuelo, cuya silla de montar corona hoy la entrada de la casa y cuyo nombre adorna aún las marcas de todo el ganado. Un abuelo visionario, fuerte y luchador que solo está en mis sueños porque faltó demasiado pronto.

La niebla subía igual, todas las mañanas desde el río hasta la casa, densa, fría, limpia. Siempre el preludio de días soleados que daban paso a noches templadas con aguaceros que sonaban como golpes en la puerta y que estremecían al más fuerte.

Había mariposas, muchas más que ahora, y cocuyos por montones, tantos que iluminaban más que las pocas luces que se veían en el horizonte.
El río era más fuerte y más limpio, las chicharras menos tímidas, tan invasivas que en las tardes se hacía imposible oír algo más. En las noches había tantos sapos y de tan variados sonidos, que parecían un concierto donde todos los músicos tocaban una canción diferente.

La casa era menos antigua aunque ya tenía muchos años de historia. La tapia estaba más firme y las baldosas de un amarillo más vivo. Tu mamá ya había gateado sobre ellas, ahora lo haces tú.

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Árboles como barcos

Entonces
eran árboles
o barcos
en cualquier caso muy altos
para treparlos sin el miedo a caer
Y tú me recogías entre tus manos Y yo dejaba de llorar.
Abajo
era tierra
o mar
raíces como piedras
o agua oscura contra el metal me aferraba a tu cuello
ya no estaba a la deriva.
¿Árboles? ¿Barcos?
¿Tierra? ¿Mar?
Palabras amarradas a tu dedo índice
cuando el tiempo, siempre, te traía de regreso.
Me decían “es papá”
Yo solo repetía
árbol, barco, mar, tierra.

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Alas de lana

Enredaderas suben por su falda
arvejas desgranadas sobre el canasto
sus arrugas tejen historias,
su sonrisa ha engañado a la tristeza.

Pan mojado en leche, colaciones, amasijos.
Moler maíz entre risas,
la bendición en la puerta del horno.
“Todo en manos de Dios”.

Alas de lana
en ellas me envolví muchas noches,
a salvo del mundo.
Mis miedos su calidez apaciguaba.

El sol la despidió en año viejo.
Su peine es ahora mi tesoro.
Y en el trance de mis valentías
es su voz quien susurra:
Calma niña, tú lo has logrado todo.

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Lluvia

Te miro por la ventana.
Las gotas de agua te rozan,
te escurren los crespos.
Te conviertes en una estatua de agua.

Un vestido de baño color borgoña.
Y en tu barriga,
bordado el arcoiris que no hay en el cielo.

Los pies descalzos,
una mano pequeña en la chapa,
la puerta entre abriéndose.

¡No te pares debajo de los árboles!
Una voz suspendida
con los labios sellados.

Te miro por la ventana.
Las carcajadas con las que haces gárgaras.
Una danza de charcos pisados.

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