Poesía sin Respeto

Johanna Andrea Gutiérrez

En Bogotá está su certificado de nacimiento, en Pamplona, Norte de Santander, su corazón. Con más preguntas que respuestas, es una aprendiz de la vida en poesía. Utilizaba sus diarios para escribir novelas en la infancia, pasando a la recopilación de notas y frases en los cuadernos de la adolescencia y a las agendas de colores llenas de poemas y cartas de amor y desamor, que en su adultez olvidó hacer llegar a los destinatarios. Como profesional psicosocial y magistra en construcción de paz, ha pretendido narrar en informes y tesis de grado las voces e historias de cientos de colombianos y colombianas, que, siendo víctimas y ex combatientes de los grupos armados, relatan las memorias vividas desde cada una de las orillas del mismo río de sangre, el conflicto armado.

Soneto a mi abuela

En breves ausencias estabas presente
entre la demencia y el desconcierto
lejana en un jardín o desierto
volvías a ser niña o adolescente.

Vacilabas con mi nombre y de repente
tu sonrisa y tu mirada con acierto,
tu amor siempre intacto y abierto
mostraba ser más fuerte que tu mente.

Amor sin memoria, amor sin tiempo,
amor océano, amor materno,
amor, te me fuiste a destiempo.

Luciérnaga pequeña y cegadora,
es tu luz lo que mi alma añora,
es tu muerte lo que morir se siente.

Estaciones

Vengo del invierno,
día catorce
luna nueva
dulce diciembre
en una noche serena.
Mi madre,
cansada de llorar, gritaba,
cansada de luchar, luchaba,
paría una niña, una montaña
fría, silenciosa y blanca.

Vengo de la primavera,
sostenida de manos fuertes
en flores femeninas,
del resplandor de los suspiros eternos
y la magia del deshielo en poesía.
Mis familias
unían sus voces,
encontraban sus miradas,
soles encubiertos
que otrora no brillaban.

Vengo del verano,
del extenso día
de mucho trabajo,
del color de los ochentas,
y el calor del café perlado.
Mi abuela,
su espera
y sus cálidos abrazos,
como luz incandescente
de mi alma, el amor y el faro.

Vengo del otoño,
de la brisa bogotana
y la neblina pamplonesa,
del olor a tierra húmeda
y de acema santandereana.
Las letras,
cual refugio de silencios largos
y ausencias estrelladas
que entre fábulas y cuentos
fueron origen y fin de las duras temporadas.