Poesía sin Respeto

Poemas sobre el origen

Enigma

Hay un algo en la nada
el fractal de un todo

Hay un algo que ebulle
arde en el alma
el espíritu que experimenta
los cincos sentidos

Eco de una muerte que fue camino
Aroma antiguo de un eterno retorno
Tacto áspero del tiempo en el cuerpo
El placer culposo de tú gusto en mi boca
Ver tú sol lejano y pensarlo mío

Hay un algo latente,
que me respira, me siente
Un misterio sin nombre
que no identificó

Despertar una noche purpura
consciente de mi vacío
con la intuición cierta
de una existencia que abraza y conecta

Un abismo oscuro que mira de vuelta
El éxtasis de no entenderlo y estar vivo
el sostén de una red que es telar
de otros infinitos vacíos.

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Rueda de sueños

Imagina que tenía como cuatro, no años, sino animalillos de esos que se escurren entre la cabeza de los sueños de niños que juegan con ruedas hechas de olvido y que corren por la carretera sin rumbo alguno.

Nadie negaba el derecho a soñar, a correr tras la rueda que se estrella contra piedras que desvían el rumbo de los pensares, haciéndolos duros, tristes, indescifrables.

Así es como los sueños de niño van dando vueltas, a veces se pierden como la rueda, como los recuerdos. Ya he olvidado a qué olían los gladiolos de la huerta y los perros mojados del vecino.

Nunca tuve un gato con nombre que arañara los harapos que cubrían las rodillas curtidas por el polvo que levantaba la rueda que recorrió el camino que me trajo hasta ti. Eres parte de los pies desnudos que pisaron las piedras hirvientes y de la pared por donde huía del colegio.

No importa la sed de las tardes de verano, ni las cometas que nunca se elevaron, solo importa el pedazo de palo que impulsaba la rueda de mi vida, porque dejó huella en la punta de mis dedos diáfanos.

Algún día era lunes, tal vez viernes, la rueda rodó, se perdió en un rastrojo olvidado, la busqué, me espiné, rosas blancas, gladiolos rojos, olores que se olvidaron y presintieron el instante justo para estar aquí.

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El otro día desperté y estaba dormido

El otro día desperté,
estaba encerrado en la jaula
y las llaves las tenía en mis alas.

Ayer desperté,
volaba sobre la cima de la gran roca
y miraba el danzar del viento con mis carcajadas,

ayer desperté,
mis manos eran blancas como un cartucho
y leían braille sobre la coraza de tu alma.

Hoy desperté
y era un cesto de mimbre sin terminar,
sin principio, sin fin,

hoy desperté
mirando hacia abajo y era un costal lleno de huesos
sin piel, sin ojos, con alma,

hoy desperté
rodeado de desconocidos que reían y lloraban,
y solo era yo quien miraba al espejo que no tengo.

Mañana despertaré,
me peinaré
Y llenaré los bolsillos con las piedras del olvido.

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Portador de vida

Portador de savia,
que nutre la existencia.
Microcosmos temporal del ser.

Te llevo dentro, te siento.
Me cubre tu llanto rojo cuando nadie te habita,
Cuenca ancestral del poder femenino.

Hace tiempo te sentí palpitar dador de vida.
Alimentaste partículas de amor que iban creciendo.
Gestación, tiempo perfecto.

Hoy, te honro y agradezco.
Renuevas la energía de mi universo,
liberando cada mes esencia inerte de mi cuerpo.

Llegará el día en que ya no te necesite,
ya lo habrás hecho todo por mí.
No quiero que te vayas, habítame.

Te daré siempre cobijo,
cómo se lo diste a mis hijos en mi vientre.
Tú, mi útero, símbolo de mi unión con la madre tierra.

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Árboles como barcos

Entonces
eran árboles
o barcos
en cualquier caso muy altos
para treparlos sin el miedo a caer
Y tú me recogías entre tus manos Y yo dejaba de llorar.
Abajo
era tierra
o mar
raíces como piedras
o agua oscura contra el metal me aferraba a tu cuello
ya no estaba a la deriva.
¿Árboles? ¿Barcos?
¿Tierra? ¿Mar?
Palabras amarradas a tu dedo índice
cuando el tiempo, siempre, te traía de regreso.
Me decían “es papá”
Yo solo repetía
árbol, barco, mar, tierra.

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Entrañas

Meses que se sintieron años.
Apoderados de mi cuerpo, una vez ella, otra vez él.

Ella llegó al inicio de todo,
mi primer amor
el amanecer.

Él llegó en mi otoño personal,
mi otro primer amor,
el atardecer.

Ella y él,
aire y tierra,
serenidad y pasión,
noche y día

En mis entrañas anidaban esperando su libertad,
dejaron de respirar mi aire, de beber mi esencia.
Lloré porque ya no eran míos,
lloré amor.

Dos días, un solo momento,
dos mejillas moradas pegadas a la mía,
dos llantos de vida nueva.
Dos cuerpos, dos almas, un día.

Mi cuerpo aún conserva la raíz.
La cicatriz que aún palpita,
que aún recuerda,
que aún respira ese día separado por años.

El día de la llegada.
El día que parí mi corazón.

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Mil huellas

Ya olvidé de donde vine, y para donde quería ir,
pero sé que al final de mi cuerpo y de la playa,
tengo dos armas infalibles que nunca pierden su filo,
llenas de infinitas balas y sobrevivientes de mil batallas.

Los granos de arena me lastiman, me pisan.
La sangre besa mi piel de tantos kilómetros andados.
Estoy a punto de acabar con esto para que no duela.
Sin embargo, seguiré, daré un paso y luego otro.

No tengo alas para volar, ni aletas para nadar.
Mis ojos nacieron dañados, solo distingo borrones.
Mis manos temblorosas reflejan el miedo
que se mueve como una araña por toda mi piel.
Mi cerebro está a punto de olvidar,
los recuerdos bailan rotos en mil pedazos,
como un mosaico armado por un ciego.

Y nada de eso tiene la más mínima importancia,
por más que este perdido, sin mapa ni brújula,
seguiré caminando hacia alguna parte.
Navegare convirtiéndome en un caudaloso río
hasta desembocar en el mar.

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Tan lejos

Cada vez más lejano lo lejano
a excepción del entrecejo,
que no deja de apretar recuerdos

Lejana la barca que dejé partir,
en algún sitio ancló sus sueños

Lejanos los abrazos de mis viejos,
las palabras se han quedado cortas
entre líneas por teléfono

Lejano y cada vez más lejano
el lunes del domingo
aunque no dejan de pactar reencuentros

Lejana yo, de todo lo que creí cerca

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Kintsugi

Empezó con el final,
con la conciencia de las cosas rotas,

como las puertas que ya no abrían,
o el cristal destrozado del florero que ya no está,
como el café frío, la coca-cola sin gas y las fotografías estropeadas.

Empezó con la implosión de las cosas pequeñas,
la verdad apenas oculta bajo la superficie de los detalles,
como los ecos de gritos disimulados y las ausencias prolongadas.

Empezó con el final,
con una explosión anunciada que destruyó todo a su paso,
y un daño colateral que aún perdura en el tiempo.

Empezó con la conciencia de las cosas rotas
y la certeza
de que jamás serían reparadas.

Solo queda recoger los fragmentos que ya no encajan
y tratar de demostrar con ellos
la belleza de las cosas rotas.

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