Poesía sin Respeto

Poemas íntimos

Alzheimer

Llevo en mí cicatrices de guerras, algunas perdidas y otras cuantas ganadas.
Soy dos en uno. Es decir, a veces soy cielo y a veces infierno. No conozco los puntos
medios.
Mis cicatrices las convertí en tatuajes, para ser más exacta, son tres. Un ancla para
quedarme en cada puerto en el que me sumerjo, un veintiséis por un ex amor que me
ardió la piel y la palabra amor por el amor a Roma.
Del pasado sufro de Alzheimer.
Le tengo pavor a los fantasmas.

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Flores en el cielo

Te precisé desde siempre,
aun antes de nacer
tu regazo fue mi refugio
tus manos, mi desahogo.

Ya no estás.

Hoy floreces en el cielo
te fuiste a cultivar nubes,
pero lo hiciste muy pronto.

¿Te llevaste tus historias de juventud?
¿A quién se las cuentas?
¿Se convirtieron en el viento en mi cara?
¡Cuántas veces las escuché!
Ahora habitan en mi anhelo por verte otra vez.

Te llevaste los consejos acertados,
la receta familiar,
el saludo anticipado en las mañanas,
mi amuleto: tus palabras.

Te habré de recordar con regocijo,
pero ahora solo te recuerdo.

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Un pensamiento pequeñito

Al principio era un pensamiento pequeñito,
no duraba más de tres segundos,
era furtivo,
casi automático.
—Ojalá me muriera—.
Normal, todos lo hemos deseado alguna vez.
Luego llegaron en ráfaga
sucesos difíciles que no deberían derrumbar.
O eso creía yo.
—Eso hace parte de la vida—.
Y me daba dos golpecitos en la espalda.
Una ruptura, un bloqueo académico,
una frustración laboral, una enfermedad.
Aceleré a tope,
así escapaba de la tormenta que sentía por dentro.
Me embriagué en tantos bares,
me desperté con tantos guayabos,
busqué tantas compañías,
que al final la carrera se hizo insostenible.
Quemé todos los cartuchos en un ataque de euforia.
Pero todo lo que sube tiene que bajar,
¡y vaya que bajé!
La caída fue estrepitosa,
dolorosa.
Dejaron de importarme los estudios.
¿No leí para la clase de hoy?
¡Qué importa!
Seguramente ni termino esta maestría.
No quería salir a ningún lado.
La cama se volvió mi caballo de batalla
para un mundo al que no le importaba ni me importaba.
Ese pensamiento pequeñito de muerte empezó a crecer,
lo alimenté con lo que hiciera falta:
—¿Para qué vivir si no encuentro sentido?—.
—Si me muero le dolerá a un par de personas,
lo superarán, la vida sigue—.
Investigué los mejores métodos para acabar con mi existencia.
Desde los menos dolorosos
hasta los más silenciosos.
Lo que era un pensamiento esporádico
se volvió una obsesión.
—¿Debería hacer una carta explicando mis motivos?—.
La redacté.
Cada paso del plan iba quedando consignado en mi cabeza.
El día, la hora, el método.
La gente cree que el suicidio es un acto repentino.
Ojalá, así la tortura no duraría meses,
como me ocurrió a mí.
Muchas veces es planeado fríamente,
se calculan los detalles más mínimos,
así no ocurren errores.
Borrar rastros.
Sonreír.
Fingir que todo está bien.
Es fácil.

Llegó el momento y la hora.
Algo jugó en mi contra.
Tuve un ataque de pánico.
Las lágrimas y los gritos me delataron.
Mamá me encontró.
Papá y ella me llevaron al hospital.
Tal vez había aún algo me ataba a esa vida que tanto despreciaba.
Y ese fue solo el comienzo.
—Fueron ganas de llamar la atención—,
sentenció alguien que se enteró.
—Si te medican vas a volverte idiota—,
dijo alguien más.
—Eso es la tusa—,
manifestó una persona
que no me había visto en meses.
No pedí esas opiniones,
y a pesar de ello llegaron.
Seis meses de mi vida que apenas recuerdo.
Los medicamentos eran lo único que me calmaba.
Piloto automático la mayoría del tiempo.
Cuatro o cinco ataques de ansiedad a la semana.
Pintar mandalas.
Ver series.
Llorar en la cama.
No llorar, no sentir.
No sentirme yo misma.
Creer que otra Laura vivía mi vida.
Pesadillas.
Insomnio.
Quedarme hasta las cinco de la mañana
recordando cada mala decisión que he tomado en vida.
Pastillas para dormir.
Ver a mamá y papá derrumbarse.
Recibir la llamada de Alejandro.
Sentir el abrazo de David.
Visitas de los amigos.
Salidas con la familia.
Conocer una vulnerabilidad que quiebra.
Inútil, a eso me reduje.
Bañarse era una batalla.
Y mejor ni cuento cómo se sentían las salidas.
—Vas a salir de esto—,
dijo una amiga que había vivido algo parecido.
A mí ni me importaba si salía,
la vida misma me resbalaba.
Mejor si una moto me mataba.
La ironía es que ella tenía razón.
Mientras la pandemia consumía a muchos,
a mí me sirvió para desaparecer y sanar.
Al séptimo mes el blanco y el negro
se volvieron grises.
Al año eran colores.
Año y medio después sigo medicada,
voy a terapia,
a veces vienen los ataques de ansiedad,
hay días donde tengo bajones.
Me da pánico vivir así para siempre.
Cuando me entran los dolores me digo:
—Un día a la vez—.

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Penumbra

¿Qué estabas pensando cuando colapsaste?
No ofreceré disculpas por mi locura que tantas veces ignoró tus tejidos,
tampoco excusaré la hierba con la que siempre peleó tu materia gris

¿Qué estabas buscando?
No entiendo, no entiendo cómo urdiste todo.
Hoy mi mano derecha no se mueve y responde sólo a mis momentos de calma

¿Es en serio?
Cuando estoy tensa es torpe, también mi pierna izquierda.
Mi fisiatra habla de la zona de penumbra en la que entraron tus neuronas,
ósea las mías.

Tu baja plasticidad me está cobrando factura,
buen título viniendo de la ciencia,
buen título para lo que siento.
P E N U M B R A

¿En qué estabas pensando cerebrito?
Mi poco movimiento me subió unas cuantas tallas, también la ansiedad.
La visión no anda bien, pero está bien hacerse la de la vista gorda de vez en cuando.

Lo único que está intacto es mi humor negro,
al corazón si no lo metas en esto, lo desconozco, déjalo quieto,
está más expuesto que nunca y llora con facilidad,
le duele la vida de ahora que poco se parece a la de ayer.

¿A quién reclamarle?
Sé que tú tampoco me darás respuestas
Tal vez sea masoquista o tal vez esté huyendo de las respuestas
que sólo puede darme el alma.

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Yo ya no mando en mi cabeza

Manda ese hueco en el estómago,
ese nudo en la garganta,
mi mandíbula apretada,
y los uñeros en mis dedos

Mandan la ojeras, moradas alguno que otro día,
negras casi siempre,
el dolor en la frente
mandan las plegarias repetidas,
el estrés que va y viene en círculos

Manda el “será que sí”,
y el “de pronto mañana”,
manda el “más tarde”,
el hambre selectiva y la respiración entrecortada.

Yo ya no mando en mi cabeza,
en mi cabeza mandas tú.

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