Cada vez que miro allá me convierto en sal,
no mires, no voltees, mi voz lo implora sin cesar;
lucho por volver a mi forma original,
el sabor de tu recuerdo me condena a naufragar.
Mis ojos esculpen recuerdos en la piedra cerebral,
he recorrido vastos reinos de este orbe singular;
fantástico museo, ni el Louvre te podría ser rival,
salón de los cabellos claros, gozo y terror en un altar.
En ese sitio habita un ser terrible y celestial,
cuando miro hacia allí, la sal me vuelve a reclamar;
me detiene el alma, me congela en su ritual,
aunque quiera huir, su templo me vuelve a encadenar.
Tras siglos y leguas sigo atado a ese mirar,
hermosos seres han querido en mí habitar;
pero ciego en tu hechizo no las supe resguardar,
y camino el mundo entero sin dejar de regresar.’’
Ariana, sirena de cabello rojo, entre mares nacida,
Atlántico y Mediterráneo en su esencia reunida;
fue ella quien me llamaba desde una luz encendida,
y yo, preso en lo mínimo, no vi lo que en mí elegía.
Bajo juicios tan breves como espuma distraída,
solté lo que en sus ojos ya por mí florecía;
y ahora su nombre vuelve, como sal en la herida,
un susurro que no acusa, mi alma jamás olvida.
Pero ese sitio antiguo que me vuelve a reclamar,
el primero que en silencio me condenó a la sal;
quise borrarlo del tiempo, negarlo hasta olvidar,
aún arde en mis ruinas, imposible de arrancar.
Busqué en hielos del norte tu recuerdo sepultar,
en bosques olvidados quise al fin descansar;
pero hallé sombras densas, un oscuro despertar,
hechizos y pantanos que me hicieron naufragar.
Sin embargo, late una esperanza inmortal:
he vuelto al origen del paraíso original,
primavera eterna, fuente de belleza sin final,
quizás una de tus ángeles me redima
y me libere de la sal.