Hoy que por fin tengo una casa que es solo mía,
puedo decir adiós a la que fue nuestra,
esa casa en la que habitaron sueños y lágrimas,
que al final vivia lenta de tanta cosa que le fuimos metiendo,
que me fue sacando de a pocos hasta que un día la vi de lejos.
Ahí te dejé en cada cosa una huella,
en cada planta,
en cada detalle,
en la luz que entraba por la tarde,
en los milímetros exactos de cada cosa puesta en su lugar,
hasta en la mancha de café en el sofá
Y yo me fui ligera.
Y hoy vivo ligera.
En la casa que por fin es solo mía.
Tremendo el poema titulado «Sólo mía», es como un adiós corto y extenso a la vez, grueso y afilado, capáz de atravesar el alma de quien ha podido experiementar el dejar la pesada carga de un amor que fué y que hoy no es, para así escribir nuevas historias que el único lugar que deben ocupar es el pasado.